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Del rigor en la ciencia y sus consecuencias

Columnas y Artículos

"Del rigor en la ciencia " es un cuento corto, de solamente un párrafo, escrito por Jorge Luis Borges (1899-1986), publicado en 1946, inspirado en el mapa de una milla por milla mencionado en el capítulo El hombre de la luna en “Silvia y Bruno” de Lewis Carroll (1832-1898). Un misterioso personaje con acento alemán en la novela del matemático y escritor inglés, Mein Herr, señala que han realizado un mapa del país con la escala de una milla por milla, pero que, ante la oposición de los granjeros que opinaban que tal mapa, al cubrir todo el país, obstruiría la luz solar, jamás fue desplegado. El escritor argentino, a su vez, relata la historia de un Imperio en que el Arte de la Cartografía logró tal perfección, que los Colegios de Cartógrafos levantaron un Mapa del Imperio, que tenía el tamaño del Imperio y coincidía puntualmente con él. Las generaciones siguientes se encargarían de entregarlo a las inclemencias del sol y los inviernos. Es evidente que la inutilidad de tales creaciones selló su suerte en ambas situaciones. Hay casos, como éste, en que el conocimiento detallado y preciso de la realidad se vuelve irrelevantemente inútil. Realmente es menos absurda la decisión final de Mein Herr y su gente, quienes optan por utilizar el propio país como mapa. Es imposible manejar y transportar mapas de tales dimensiones. Una hoja de papel sólo puede plegarse 7 veces ya que el progresivo aumento de su grosor impide hacerlo más. Si consideráramos que nuestra ciudad de San Fernando ocupa una superficie de 4 km por 4 km, obviando la posibilidad de un holograma proyectado en el cielo, y acometiéramos la empresa de hacer un mapa en escala uno es a uno, de un grosor de 0,1 mm, en el séptimo doblez su grosor alcanzaría 1,28 cm. En un hipotético décimo doblez, las dimensiones de nuestro kilométrico mapa, plegándolo ordenadamente, serían 125 m por 125 m por 10,4 cm. Algo así como una piscina del tamaño de nuestra Plaza de Armas cuya agua tendría una profundidad de 10,4 cm. Bastarían 18 pliegues para que su grosor alcanzara los 26,2 metros y alcanzara ya, en altura, la bella cúpula de la Iglesia de San Francisco o el Edificio Alto de San Fernando, siendo ahora la superficie de nuestra imaginaria piscina de tan sólo 7,8 m por 7,8 m. En el doblez 25, los 3340 m de grosor nos permitirían visualizar las cumbres de los cerros El Chueco de 2076 m y Paveza de 2053 m. y un sentimiento muy similar al que embargó a los uruguayos Fernando Parrado y Roberto Canessa en diciembre de 1972, en su histórico descenso de Los Andes, cuando luchaban por su sobrevivencia y avistaron estas dos cumbres gemelas, se apoderaría de nosotros.  En el doblez 26, el Volcán Tinguiririca con sus 4260 m de altura sería el observado, desde los 6870 m del grosor de nuestro mapa plegado. La superficie de nuestra piscina sería tan sólo un diminuto cuadrado de 0,5 m por 0,5 m, aproximadamente. Con 42 pliegues llegaríamos a la luna y con 52, a la ardiente y virginal superficie del sol. De nuestra original piscina sólo quedaría ya un imperceptible hilo de agua de micrométrica área transversal cuya extensión sería 1 Unidad Astronómica, es decir 150 millones de km. Aunque pudiésemos realizar un mapa del grosor de un átomo, 1 nanómetro, bastarían 30 pliegues para alcanzar un grosor de 1mm.

Luego la historia invariablemente se repetirá.  Pero las matemáticas que explican el crecimiento del grosor de una hoja de papel al ser doblada, son las mismas que están detrás de la clásica y vieja historia de los granos de trigo en el tablero de Ajedrez. Aquel rey quien, en su genuino deseo de premiar a su súbdito y nada menos que inventor del juego, aceptó ingenuamente su petición: doblar los granos de trigo a medida que se avanza en el tablero hasta la casilla 64. La cifra de 18 446 744 073 709 551 616 granos de trigo equivale a la cosecha actual 2023 del planeta repetida durante más de mil años. Hay ocasiones en que la intuición nos traiciona y nos lleva a realizar promesas imprudentes.

Tanto en el crecimiento del grosor de una hoja de papel al ser plegada sucesivamente como en el de los granos de trigo en el tablero de Ajedrez, detrás hay lo que se denomina una Progresión Geométrica. Cada término se obtiene multiplicando el anterior por una cantidad fija, en este caso 2. Y esta ley es la misma que gobierna un cultivo de bacterias que se reproducen por bipartición o el denominado factor R0, el número de reproducción, con el que se mide la intensidad de un brote como el coronavirus y su potencial pandémico, o el sarampión, la influenza, el SARS, el ébola, etc. Las Progresiones Geométricas también están presentes al calcular los intereses de nuestros ahorros personales o los intereses del propio banco. Y así en innumerables casos de la vida cotidiana.

Pero hay ciertos mapas en cuya construcción últimamente los seres humanos han trabajado febrilmente y que están lejos de ser considerados inútiles. Uno de ellos, absolutamente acabado, es el mapa detallado del genoma humano, el cual puede representarse como una larga secuencia de unas 3 200 000 000 de letras de lectura de izquierda a derecha en un libro equivalente a 1 500 libros de El Quijote. El Proyecto Genoma Humano (PGH), un esfuerzo internacional exitoso de investigación científica, se llevó a cabo entre 1990 y 2003. En este momento, en los laboratorios de genómica actuales, al decir del científico inspirador del PGH Victor McKusick, una nueva raza de científicos capitaliza tanto la revolución de la Genética Molecular como de la Informática en la construcción del hombre del futuro, siendo la arcilla y el soplo divino reemplazados por el ADN y la manipulación genética. Queda muy en claro que descifrar los códigos genéticos implica desafíos legales y principalmente éticos.

Por otra parte, en la administración de Barak Obama, en el año 2013, se dio inicio al Proyecto BRAIN o “Proyecto de mapeo de la actividad cerebral”, con el objetivo de cartografiar los 80.000 millones de neuronas del cerebro humano y sus conexiones antes del 2026. Se trata ahora de la realización de un mapa de la zona más misteriosa de nuestro ser, al cual Santiago Ramón y Cajal (1852-1934) definió como una selva impenetrable en la que numerosos exploradores se han extraviado. Este proyecto es liderado por el neurobiólogo español Rafael Yuste (1963-).

Enfermedades como el Alzheimer o el Parkinson podrán ser tratadas, prevenidas e incluso curadas. También lesiones traumáticas. Pero además la tecnología pronto va a aumentar las capacidades del cerebro y esto será un cambio tan rotundo que modificará la especie humana. Pero Yuste afortunadamente además preside la Fundación NeuroRights. Es preciso legislar ahora señala el español. “Ya podemos manipular al ratón como si fuera una marioneta. Y lo que hoy podemos hacer con el ratón, mañana será posible hacerlo con el hombre” añade. Para Yuste Chile es el mejor ejemplo a seguir, y destaca, en entrevista para El Correo de la Unesco, número Enero a Marzo 2022, que “el Senado ha apoyado una enmienda constitucional que hace de la integridad cerebral un derecho humano fundamental. Así, una vez que el presidente haya ratificado la enmienda, la Constitución chilena protegerá el cerebro de sus ciudadanos contra las intrusiones no autorizadas con arreglo a la ley. Esto podrá servir de modelo a otros países para definir los principios éticos aplicables a las neurotecnologías”.

En una conferencia en Cracovia en 1973, el físico y astrofísico australiano Brandon Carter (1942-), formuló el denominado Principio Antrópico: el Universo se ajusta a nuestra existencia. Es decir, el Universo está diseñado para ser conquistado por el ser humano. O seres como los seres humanos. Rafael Yuste en el prólogo del libro “Inteligencia Artificial en el Sistema de Justicia. Neuroderechos y Ciberdelincuencia” (Contreras Olivares, Arias Contreras, Contreras Puelles, Editorial Jurídica de Santiago, Chile, 2022) señala que esta nueva revolución tecnológica debe hacer su aporte a la humanidad sin por ello alterar la esencia del ser humano. Esto aplica también al PGH. Así como muchos piensan que somos mucho más que un puñado de neuronas o genes y que al hombre de nada le sirve conquistar el mundo si pierde su alma, nos debemos preguntar ¿De qué nos sirve conquistar el Universo si en ello se nos va nuestra esencia? Borges finaliza su relato diciendo que en los desiertos del Oeste perduran despedazadas ruinas del Mapa habitadas por animales y por mendigos. A eso quedó reducida la rigurosidad de los cartógrafos imperiales. Y esta ciencia hasta las últimas consecuencias ¿Que dejará? ¿Veremos en el fulgor de los ojos del triunfante hombre del futuro retazos de lo que hoy somos? Destellos acaso como los del Volcán Tinguiririca, “cuarzo resplandeciente” en mapudungun, que de noche iluminan toda la cordillera y nos recuerdan su grandeza.

Darwin Vega V.

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