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Del Elqui a Colchagua: La travesía de un niño, polizón oculto en un poeta

Columnas y Artículos

En Varillar, donde cada mañana el sol afila las crestas de los cerros y espanta el frío penetrante de las noches del Elqui. Donde las cabritas, en polvoriento desfile, suben hacia la montaña en busca de la escasa hierba y la sombra de chañares, molles y algarrobos. En un  ranchito de tablas grises y calaminas oxidadas, aferrado al cerro como quisco porfiado. Allí, en el imperio del viento y la polvareda, de la soledad compartida y las palabras calladas, parieron a Rigoberto. Lo parieron a la aridez, a la pobreza de los pies descalzos, a la ropa remendada una y otra vez, al mendrugo de pan añejo arrebatado a las ratas.

Creció apurado por la vida, entre el fogón en tierra y la cama de cuero de cabra tirada en el piso. Sin tiempo para juegos ni apapachos maternos, el pequeño hombre-niño, aprendió la textura de la huella que lo conducía a las cumbres, arriando su rebaño de cabras. Aprendió caminando el silencio del alma, ese que se adquiere del agreste paisaje, de la tierra misma silenciosa.

Alumno de tiempo completo en la escuela del rigor del norte chico, tuvo su aula bajo el cielo abierto y azul, donde a pleno sol aún se distingue la luna. Por libros tuvo los árboles, los pájaros, las piedras y el viento. Por recreo los saltos y travesuras de sus cabras entre las peñas. Por lápiz y cuaderno, una varita de  espino y la tierra. El único ramo impartido: “Hacerse a sí mismo, construirse, tallarse a golpes de martillo y cincel sobre la roca viva de la propia personalidad”

La no niñez de este pequeño hombre, fue un bucle de tiempo, donde cada día es igual al anterior. Cruel iteración que condiciona la vida. Días sin nombre, uno tras otro por siempre. No importa cuál fue pasado o cuál presente… ¿y el día futuro?, no existe, no tiene cabida en la rutina de un pastorcito. De nada sirve pensar cuando la vida se entrega al servicio de un rebaño de cabras.

La infancia de Rigoberto, se auto confinó en un rincón de su alma, en espera del momento para manifestarse y realizarse. Entró en un tiempo de hibernación indefinida.

El destino burlado.

Cuando se es la pieza menor del mecanismo de un reloj, solo se debe cumplir con la labor impuesta. Esperanza, sueños, ideas, evolución, no son más que rebeldías susceptibles de ser castigadas. En ese contexto, como en una tragedia griega, solo hay un camino posible: Morir haciendo lo mismo, el destino es inevitable. Sin embargo, cuando se lleva un niño dormido dentro del ser, los sueños, ideas e inquietudes, se adormecen con él y fermentan hasta hacerse energía potencial que, en el momento propicio emanara profusamente, haciendo al portador capaz de transformar mundos enteros.

Rigoberto, cumplía a cabalidad lo impuesto. Mientras, sin saberlo, mantuvo abierta la mente curiosa e inquieta y el corazón fraguando sueños.   Pequeños detalles del paisaje no eran imperceptibles para su mirada. La rutina no era tal, siempre había algo distinto y singular. Y el pastor de cabras, comprendía poco a poco la inmensidad del mundo. Su alma se elevaba cada noche y miraba a la distancia los lejanos horizontes de un mundo lejano y misteriosamente atrayente.

Solo un elegido por la vida puede aprender a leer por sí mismo, en las hojas de diarios pegadas en las paredes del rancho, para evitar que se colara el frío por las rendijas de la madera. Las letras, hasta ahí solo signos dibujados, comenzaron a vibrar y ser sonido comprensible, palabras e ideas activadoras de la potencial creatividad del Meriño adolecente.

Ya con la herramienta de la lectura y la intelectualidad ansiosa de saberes, la huella escabrosa de la vida comenzó a alisarse, a despejarse de sombras y nieblas, a dirigirse hacia días nuevos, cada uno distinto, plagados de retos y metas.

Todo camino, en algún punto de su recorrido, tiene una bifurcación. La instancia decisiva. Donde el corazón, las ansias, el miedo, la mente; todo, todo entra en debate para responder a las preguntas: ¿Arriba o abajo?, ¿Izquierda o derecha?, ¿Avanzar o retroceder?, ¿Rebelarse o someterse? Este punto fue un hecho, casual o fortuito para algunos, pero un signo y una llave dispuestos desde siempre  para Rigoberto. El encuentro con la poesía. Un luminoso faro en medio de un páramo, una brújula con un norte propio para él. La revelación de su identidad.

Paso a relatar:

En un rincón de la casa de la abuela de Rigoberto, la poesía, picaronamente ocultó una sorpresa para él, como cuando ocultamos huevitos de pascua para los niños. Un regalo escondido para ser encontrado.

El niño dormido, despierta ante un libro de enseñanza básica, de tapa roída y hojas amarillentas que entre muchas cosas, contenía un poema del gran maestro Oscar Castro:

“La cabra suelta en el huerto

andaba comiendo albahaca.

Toronjil comió después

y después tallos de malva.

Era blanca como un queso,

como la luna era blanca…”

Rigoberto encontró en esas líneas sus propios sentires, la ternura y la frescura que había advertido en sus cabras y los lugares donde vivió sin poderlas descifrar. En ese instante supo el camino que tomaría su vida.

Me imagino su sonrisa estampada en su rostro y la mirada emocionada por la sorpresa. Porque no solo descubrió la belleza del poema si no que encontró el motivo, que hasta el día de hoy, lo impulsa.

Colchagua en el corazón

.-Vamos, inténtalo.- dijo el Elqui, dándole un cariñoso empujoncito. -La vida te abre el camino y también te pone los obstáculos que los luchadores deben superar para terminar de crecer y ser fuertes sin transar los sueños. Llevas contigo las noches de millones de estrellas del norte, el azul profundo de su cielo y en la piel los multicolores cerros. La esperanza y el amor de tu familia llevas, porque en ti ellos también triunfaran-.

Tal vez no existió este diálogo, pero es lo que resonó en el pecho de nuestro poeta y lo alentó a caminar. Animoso, alegre y joven, se fue sin saber cómo, si sabiendo a donde. Esperanza al hombro, sonrisa en ristre, corazón henchido y una tortilla y un queso de cabra junto a una muda de ropa, humilde contenido en su zurrón de pastor.

Sus aventureros pasos lo llevaron por variados pueblos y paisajes. Cada cual

complotando para que no desviara su sueño. Llegó a Salamanca, al sur oeste de la región de Coquimbo, buscando completar su educación básica. Al no encontrar vacantes su deseo se cumplió en el pueblo de Longotoma, región de Valparaíso.

Y siguió su travesía y aprendizaje cursando la carrera de Técnico Agrícola en la localidad de Hospital. De alguna forma las puertas que se  abrían siempre fueron más que las cerradas.

Colchagua fue la tierra prometida, la Roma a la cual todos los caminos de vida confluyeron. Chimbarongo el nido elegido y San Fernando el pan de amistad. El niño polizón oculto, dejó su encierro y aprendió a correr por campos verdes y llanos de su nuevo hogar. Junto al poeta hombre crearon la literatura más cariñosa y dulce que se haya forjado en este territorio.  

Para escribir poesía para niños hay que ser un niño.  Y estoy convencido que, en el caso de Rigoberto, el niño que no fue, es el que se realiza buscando imágenes y dibujando el mundo percibido con la sencillez infantil. El hombre grande, el poeta lo complementa con su agudeza e ingenio, logrando obras destinadas a trascender. Y éste sí que es un destino inevitable.

Tendremos Rigoberto Meriño para siempre. En su obra, en su quehacer inquieto, en su entrega desinteresada, en su amistad verdadera y franca. Pues la semilla cayó en la mejor tierra, sus Chimbarongo y San Fernando, amados.

ÁNGEL CHOTA.

Chimbarongo, noviembre del 2022.

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